
Y cada mañana yo ponía el despertador una hora antes de la hora acordada, para despertarme y observarle durante el máximo tiempo posible. Estudiaba cada movimiento, cada facción, cada suspiro que lanzaba en sueños. Dándome cuenta así de que se le acababan los días y no los podía volver a recuperar, de que cada segundo era una lágrima de oro que se iba al océano de una enfermedad incurable. Mas cuando afloraban los amagos de despertarse yo cerraba los ojos, fingiendo acabar de despertar.
Y cada noche, me hacía el dormido, y la miraba. Era lo más bonito que podía hacer, tumbarme junto a ella, cerca, tan cerca que cada susurro provocaba que tembláramos ligeramente. Preciosa, perfecta, fantástica. Una diva de diecisiete años apenas en todo su esplendor. Una vida que se iba apagando poco a poco, sumiéndose en un mar de medicinas, creyendo que, el enfermo, era yo.
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